Labios cegados
Cuantas veces nos hemos visto en tesituras complicadas quedando con gente que nos ha acabado incomodando por su comportamiento infantil. Teniendo parejas algo extravagantes, con rasgos peculiares, de las que después gracias al paso del tiempo, hemos recapacitado y nos hemos dado cuenta de lo desastrosa que fue la relación. Después de repasar los diversos amoríos que he padecido, recordé aquel que más tiempo me tuvo robado el corazón, por el que más sufrí y por el que más me entregué. Era una chica realmente bella, su constitución era perfecta, tenía unas caderas con unas curvas de vértigo, que cuando se ponían en funcionamiento hipnotizaban a cualquiera. Su pelo negro como la coca-cola parecía el típico de un anuncio de champús y con el sol cobraba matices distintos que siempre resultaban fascinantes descubrir. Tenía una mirada penetrante que lograba detener el tiempo en el mismo instante que proyectaba sus ojos verdes esmeralda contra los míos. Su personalidad era arrolladora y tenía la brillante habilidad de conseguir que cualquiera a su lado se sintiese como un autentico ser diminuto. Todo iba fenomenal, todo era fantástico. La felicidad se apodero de mí e incluso con ella llegue a creer en los romances que proyectan las películas. Desmitificando la idea preconcebida de que los amores puros solo pasan en los filmes norteamericanos protagonizados por Jennifer Anniston o variopintos especímenes del gremio del celuloide.
Pero en contrapartida a todo este derroche de endorfinas que provocaba el compartir inquietudes e innumerables estancias a su lado, me tocaba luchar contra un pequeño defecto que poseía. Con esto, deseo que no se me tilde de superficial o que se me acuñe fácilmente, en estos tiempos patriarcales, la etiqueta de machista. Espero que me entiendan, igual para ustedes es un defecto insignificante, pero créanme que es muy difícil convivir con una persona como ella. Detrás de todas las lindezas relatadas anteriormente, vislumbré que su ser entrañaba una pequeña lacra. La chica perfecta de la cual me había enamorado tenía diez bocas, lo que sumaba un total de veinte labios. Al principio, he de reconocer que me atraía la idea de poder besarme con diez bocas distintas, sin la necesidad de recurrir a diversas mujeres cayendo en la monotonía afectiva de las infidelidades. Resultaba emocionante poder tener a mi alcance tantos labios, que iban desde los más finos, que parecían trazos dibujados por un artista miedoso a errar en la primera pincelada de su lienzo en blanco. A los que más juego daban, esos labios gruesos y jugosos como frutas de la pasión. Me entretenía escucharla cantar por las mañanas bajo la ducha, con su capacidad de hacer tantas voces y ritmos distintos a la vez. Parecía que la autentica Orquesta Filarmónica de Viena se había instalado en mi casa, aunque a veces me transportaba al Bronx neoyorkino con su don asombroso que había desarrollado para hacer beat box.
Pero todas estas virtudes se desvanecieron pronto cuando descubrí el lado oscuro. Eran muchas las veces que tenía que esperar horas y horas para que se arreglase y se pintase cada uno de esos labios. Porque si ya por costumbre el ritual de acicalamiento de las hembras a la hora de salir de casa, para afrontar las temeridades y las circunstancias diversas que pueden, o que ellas piensan que pueden, hallar en la calle suele durar una eternidad, cuando el trabajo se multiplica, supone un autentico suplicio. Yo intentaba comprender que no era tarea fácil combinar los tonos de tantos pintalabios. Y entendía también, que lograr una armonía plena con la gama de tonalidades de su paleta de colores suponía afrontar los retos por los que tantos pintores habían pasado a lo largo de la historia. Así que intente meterme en el papel de Diego Rivera y ver a mi amante como Frida Kahlo, pero ni siquiera viéndola como una pintora logre apartar ese rechazo a la espera que se repetía tan a menudo. Os aseguro que ese ritual diario acaba por cansar al ser más paciente de la faz de la Tierra.
Por otro lado, reconozco que la comunicación con ella era fluida, aunque unidireccional, solo hablaba ella, le encantaban los soliloquios eternos. Y yo mientras, me limitaba a intentar seguir el hilo de su monologo sin perder ni un ápice de todo lo que me decía, pero era una tarea dificultosa. Puedo jurarles que intentaba combatir con ello, pero entiendan que era una batalla que desde el comienzo ya estaba más que pérdida. Era imposible ganar solo con la boca de un servidor, a diez bocas, con veinte labios, con sus diez lenguas y sus cuarenta cuerdas vocales. Así que un día cansado ya, me atavié con todo el coraje y reuní toda la valentía que pude. Y después de perderme por los recovecos de toda su palabrería cuando me hablaba del día tan magnífico que había tenido, aproveche para decirle que lo nuestro había terminado. Y os puedo garantizar que jamás había tenido semejante miedo, empezó a galardonarme con numerosos improperios, pero cada boca escupía sus fuegos, las lenguas afiladas y viperinas mezclaban los insultos y el único que pude percibir de forma clara se había transformado en “eres un gilhijo de cabroputa”. Nunca le había escuchado expulsar semejantes sonidos tan desagradables, los ronquidos que emanaba por la noche al lado de esto eran pura melodía. Quizás soy un superficial, pero cuando empecé a salir con ella no descubrí el pequeño defecto que tenía, no fui capaz de verlo. Supongo que el amor es ciego. Por ello, os invito a que desde el primer día abráis muy bien los ojos.
Jajajaj, curiosa tu mujer ideal xD (me ha gustado, sobretodo el mensaje final ^^)